jueves, 17 de julio de 2008

La mascota más famosa de Chile

La mascota más famosa de Chile:
Clifford, el perro héroe


Es como película de Walt Disney: un gran perro –medio boxer, medio quiltro– es abandonado a su suerte en una zona de catástrofe. Luego lo rescatan, pero el avión en que regresa se desploma. Tres días después, los sobrevivientes planean faenarse al pobre Clifford. Esta es la historia de cómo él logró volver a casa. Y, finalmente, enseñar a todo el mundo que hasta un perro sabe lo que significa perdonar.
POR SERGIO PAZ

-Tendremos que sacrificarlo -dice, en voz baja, el carabinero Víctor Suazo a su padrastro.

Edwin no responde. Por un largo segundo no responde. El escenario es aterrador. Junto a la puerta de la cabina yace el cuerpo sin vida de Nelson Bahamondes, el piloto. Y, dentro de la cabina que se ha desmembrado de la cola, el pasajero que ayer casi se suicida nuevamente está con convulsiones. La comida se ha acabado. De lo que hallaron tras el accidente del sábado 7 de junio, ya no queda nada; ni maní salado, ni bombones, ni galletas, ni nada de la leche en polvo del pequeño tarro Nido.

-Comeremos pasto, hojas, pero no vamos a matar a Clifford. A él no lo tocan -dice entonces Edwin Caileo.

Es miércoles y, luego de cuatro noches de insomnio, a 9 grados bajo cero, ya no quedan fuerzas ni esperanzas. Los aviones y helicópteros de rescate han pasado una y otra vez sobre sus cabezas sin verlos. Y, como si eso fuera poco, algunos de los sobrevivientes exploraron la zona llegando siempre a la misma conclusión: bordean un precipicio.

-Quemen el avión. Cuando ya no sepan qué hacer, quemen el avión. Los de rescate tal vez verán el humo -había dicho Bahamondes antes de morir.

Edwin, que en su bolsillo acaricia el encendedor, ya no tiene respuesta para nada. Entonces Clifford ladra, mueve la cola y, sobre la nave despedazada aparece como otra nube más el Black Hawk de la Fuerza Aérea que los ve.

Fuertes vientos azotan la región y el helicóptero se mueve sin control. Minutos después, los comandos ya están en tierra y organizan el rescate. Primero sacan a cuatro sobrevivientes. Pero, cuando la nave intenta salir, una corriente la tira hacia abajo y casi se estrella. Rápido. La orden es una: salir lo antes posible de ahí. En la zona del desastre tendrán que permanecer los comandos, el cuerpo sin vida del piloto y Clifford. Otra vez no hay espacio para Clifford.

-Prométame que lo van a rescatar -fue lo último que dijo Edwin antes de abandonar de nuevo a su mascota. Un mes antes había hecho exactamente lo mismo, luego que explotara el volcán Chaitén y lo dejaran a su suerte. Para el perro, todo había vuelto a fojas cero.

Clifford no es un perro cualquiera. Es hijo de Susy, una perrita boxer que un buen día salió a pasear a la plaza de Chaitén y volvió preñada de un grueso macho patagón cuya identidad hasta hoy se desconoce.

Clifford nació hace tres años, en la calle Libertad 1226. Y para entonces su suerte ya estaba echada. Si uno de los cachorros se parecía a su madre, ése sería para Hilda, la nana de la casa. Así es que don Jerónimo, un hábil mueblista de Chaitén, no dudó ni un segundo en entregarlo. Fue así como llegó a brazos de Camila, la hija de Hilda, la que lo llamó Clifford. Camila era fanática de las aventuras de Dorothy, la vaca acróbata; Sakelfor, el hurón volador; y de Rodrigo, el perro chihuahua, y, antes que de todos ellos, de Clifford, el gran perro rojo.

De inmediato, Clifford se transformó en el gran amigo de la niña. La acompañaba al colegio y, sentado afuera, esperaba horas hasta que saliera. Luego la escoltaba a casa. Y, ya en el hogar, sólo comía Doko o comida preparada. Clifford se había convertido en un integrante más de la familia. Siempre lo bañaban. Siempre olía bien.

Todo cambió la madrugada del viernes 2 de mayo. Aún no salía el sol cuando Clifford comenzó a ladrar y puso en alerta a la familia Caileo. Hilda y Edwin miraron por la ventana. Una gruesa nube de humo comenzaba a caer sobre Chaitén. El viejo volcán había entrado en erupción y la histeria no tardó en llegar. Pocas horas después ya se había marchado medio pueblo en la barcaza. Pero los Caileo esperaron, hasta que un familiar llegó a recogerlos en un jeep. En el 4x4 viajarían siete personas, incluido el chofer, pero no había espacio para el perro. Por eso el plan fue dejar a Clifford en la bodega de la casa con toda el agua y comida que pudieran conseguir. No había otra alternativa. En la cara de Camila, las cenizas se mezclaban con sus lágrimas el día que partieron.

En el momento en que el motor encendió, Clifford ladró. Una, dos, tres veces. A Hilda se le apretó el corazón. Ninguno en el jeep tenía la certeza de que volverían a verlo, tal como muchos chaiteninos que debieron abandonar a su mascota. Lo que entonces ellos no sabían era que Clifford se transformaría en una bestia. Todo por reencontrarse con los que quería.

Los días pasan. El día se vuelve noche. En el pueblo el aire se torna irrespirable. El silencio es la voz de la tragedia. Chaitén permanece acordonado y las aves de rapiña se alimentan del ganado que cae rendido, mientras en la televisión se habla de animales grandes que se comen a los chicos y de un cerdo que ha sido devorado por una jauría. A esas alturas, Clifford ya no está en la bodega. Ha escapado y ahora es él quien busca su salida. Si pudiéramos ver sus córneas, nos daríamos cuenta que la ceniza abrasiva ya rayó sus ojos. Su carácter, aparte, cambió completamente. Ya no es la mascota dulce y cariñosa, sino un perro bravo que se ha convertido en líder de los perros que deambulan por el pueblo. La genética habla. Ahora Clifford muestra sus colmillos de boxer; el perro de la bella fealdad, leal y bonachón. Es el quiltro chileno que parte a la lucha y que, una y otra vez, deambula por el sitio donde supone que podría encontrarse con sus amos.

"Mira, mira, ese es Clifford", dijo un sobrino de Hilda cuando lo vio en las noticias, el día en que un equipo de prensa registró lo que ocurría en la zona. En la iglesia San Francisco, en Santiago, se repiten las plegarias para salvar a las mascotas del desastre. Otro tanto ocurre en el sur: la gente ha comenzado a levantar pancartas e, incluso, en Facebook hay quienes se han comenzado a organizar. Salvemos a los animales de Chaitén, grita la gente.

Un destacamento de la caballería de Coihaique parte en busca de Clifford y las otras mascotas. Son 18 militares, apoyados por efectivos del CMT, todos los cuales, en vez de fusiles, cargan jeringas intramusculares con droga para adormecerlos. La idea es capturar, en pocas horas, a todos los perros y gatos que encuentren. Primero un quiltro viejo, al que le cuelga una pata, luego otro con un ojo reventado. Clifford es uno de los últimos en ser cazados. Y, en caravana, son trasladados a Villa Lucía, donde son amarrados con cuerdas de plástico a los postes de las caballerizas del regimiento. Clifford la muerde. La destruye. Y se suelta. De todos, es el más bravo, tanto que quienes lo vuelven a amarrar se preguntan si tiene algo de pitbull.

Llega el equipo de Human Society, la organización que nació para salvar a las mascotas víctimas del huracán Katrina, y entonces las gringas ordenan comprar 80 cadenas en Futaleufú. La primera será para Clifford.

-También traigan cajas de mascotas -ordena Melissa Forberg.

-No hay -responde Daniela Ortiz, la veterinaria de Rescate y Protección Animal (REYPA), la organización que ayuda en el manejo de los 150 perros y 9 gatos que han sobrevivido a la tragedia.

-Compren todas las cajas que hay entre Villa Santa Lucía y Puerto Montt, también medicinas -insiste Melissa.

Más tarde, a la hora del recuento, se dan cuenta que no ha muerto ningún perro por abandono. Sólo tres por atropello. El operativo, coordinado por Guillermo Núñez, director regional de ONEMI, ha sido un éxito. Y, felices, los canes celebran con las toneladas de alimento que Pedigre envió a la zona. Luego viene el viaje: Futaleufú, Esquel, Osorno, Puerto Montt, donde las mascotas se podrán reencontrar con sus dueños. De cada perro hay una foto que cuelga a la entrada del albergue.

Edwin ya está ahí. Antes había buscado a Clifford en Villa Santa Lucía, sin éxito. Ahora, este chofer de camiones sabe que no puede fallar. ¡Y lo encuentra! ¡Y Clifford nuevamente se pone cariñoso! Suena la música de Walt Disney. Por un rato.

Edwin está en Puerto Montt con Víctor, su hijastro. Debaten la manera más práctica de llevar a Clifford de regreso a La Junta. Víctor piensa que en barco. Edwin dice que mejor en avión, que ya hizo las consultas y que es posible. Hay, sí, algunos requisitos:

-En pocas horas, tienen que mandar a construir una caja que quepa justo detrás de los asientos traseros.

-El perro tiene que ir dopado.

-La caja debe llevar un piso absorbente.

Edwin y Víctor llevan a Clifford a la casa de una abuela. Compran comida. Van donde un veterinario que vuelve a recetar droga para adormecerlo. Van a la agencia y, en $27.000, compran sus respectivos pasajes en la agencia Patagonia Airlines.

La mañana del sábado, muy temprano, le dan sus gotas a Clifford y lo meten en la caja. Parten al aeródromo La Paloma: el vuelo está planificado para las 9.30 horas. Ingresan el equipaje. Clifford, con caja, pesa 38 kilos. Luego les avisan que el vuelo está retrasado por mal tiempo. Y, en un transfer, los mandan de regreso a Puerto Montt para que coman algo. El día está feo. Regresan. Es la una de la tarde. El piloto está junto a la nave. En Puerto Montt ha comenzado a clarear. El piloto dice: "Ya muchachos, nos vamos". El primer gran error en una carrera intachable.

A la 13.15 despegan. Clifford duerme. Y, cuando sobrevuelan la punta Auchemó, más abajo de Chiloé, el cielo se pone negro. El río Raúl Martín Balmaceda, el hito que permite volar visualmente hasta la pista de La Junta, ya no se ve y se acumula nieve en el parabrisas. Una fuerte ráfaga tira la avioneta contra un cerro. La pericia del piloto evita el desastre. Nadie dice nada. El avión vibra como si fuera a estallar. Otra nube negra cubre todo.

-Afírmate que nos vamos a estrellar -le dice Edwin a su hijo Víctor.

Un segundo después están en el suelo. A 300 metros de una pared de roca. A 5 de un corte a pique. Los 9 pasajeros se han salvado ilesos. El piloto tiene la cabeza fracturada y un ojo herido. La pierna izquierda está atrapada entre los pedales del avión. Edwin busca a Clifford. No está. Ha desaparecido junto con la cola del avión. Luego lo ven en su caja entre la chatarra y la nieve.

Hilda está en La Junta esperando el avión. A las 12 no llega. Se va a su casa. Luego una vecina toca a su puerta y le dice que la avioneta ha desaparecido. En la selva fría, Edwin y Víctor Suazo han comenzado a luchar por sus vidas.

El plan de sobrevivencia incluye juntar agua en dos máscaras de oxígeno y unas bolsitas Ziploc. Intentan hacer fuego, pero todo está demasiado húmedo. El frío, en las noches, es desquiciante. Clifford sirve como guatero. Un guatero cada vez más delgado, porque todos pueden comer, menos él, que sólo recibe agua con una jeringa. Es lo que el grupo ha decidido. El mismo grupo que, cuando ya parece no haber futuro, especula en baja voz que hay que sacrificarlo. Edwin Caileo se opone.

Cuando al fin llega el rescate, todos son sacados de ahí, menos Clifford, para quien otra vez no hay espacio. Pero a Clifford no le importa y se queda ayudando a los comandos que ahora intentan sacar el cuerpo del piloto.

Dos días después, la familia se reúne en el aeródromo de La Junta. Aterriza un helicóptero. Camila corre.

-¡Clifford, Clifford! –grita la niña.

Clifford da un salto y arranca hacia ella. Se le tira encima y la langüetea. El perro héroe por fin ha vuelto a casa. Mueve su cola sin rencor. Sin remordimientos.



Mais Feliz - Adriana Calcanhoto

Esta historia me la manda mi papá, me hace llorar (seguir llorando, ya estoy en ello hace días). Toda la vida he vivido con perros (el Boby, el Werner, el Shaky, el Copito-Jaro-Capitán-Morales, el Valdi...)y es verdad como ellos pueden darte la vida; en momentos difíciles recuerdo conversar con el Boby (mi perro por 15 años , vivió con nosotros en Ecuador, Santiago, La Serena y Osorno) y sentir sosiego en cómo me miraba con sus ojitos llenos de ternura, o cuando el Shaky estaba enfermo y me miraba para que lo siguiera y lo acompañara a su casa (el sótano),era alucinante, avanzaba un poco y me miraba hacia donde yo estaba y cuando se cercioraba que yo lo seguía, él seguía. Estando en su casa él se echaba y yo me echaba a su lado y lo acompañaba como hacía pocos días acompañaba a mi mamá antes de morir, y es que mis perros han sido parte de mi familia, un hermano mudo que cada vez que llegabas de viaje saltaba sobre ti y no paraba de hacerte cariño, que cuando tenías pena de manera natural se ponía junto a ti para que sintieras su calor y te hacían cariño "especial para tristezas", que se reían contigo al jugar y saltar por el patio o que se sentía el perro más especial de la tierra cuando le pasabas el cepillo por su cuerpo peludo y fuerte.........
Vengo llegando de un viaje donde mi abuela, ella se preocupa mucho por mí, por el hecho que esté sola. Continuamente me dice que ella piensa que es muy triste estar tan sola como estoy (ella exagera un poco, es de familia)y que si no lo paso mal y esas cosas; yo , como buena nieta que soy, le digo que no es así, le digo que estoy acostumbrada...pero no es verdad y no pasa nada, mi vida es así, está "saliendo" así. Las cosas parecen que van a salir por primera vez muy bien pero inevitablemente se ponen difíciles, y no sé qué pasará, no sé si este culebrón en el que estoy metida tendrá un final feliz (espero y hago todo lo (poco) que puedo para que así sea)...nose, quizás es hora de dejar de soñar con ser FELIZ, quizás es hora de pensar en pequeñas felicidades como llegar a casa y tener un perrito que se ponga feliz de verme,langüetee mi mano, me acompañe a pasear, se acueste a mis pies en la noche, no sé.

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